A causa de mi parche, quiero pensar, soy persona solitaria –y no por ello menos sociable, ¡qué va!– que gusta de leer, en particular, y de observar y estar atento, en general, a la expresión de mis congéneres, sea en el formato que sea. Inmerso como todo quisque en este rocambolesco mundo nuestro, tales aficiones convertidas ya en costumbres me han llevado a desarrollar una especie de sexto sentido –¿o es ya el séptimo?– orientado a tratar de distinguir entre el griterío y la selva de poses y posturitas aquellas voces y gestos que se presentan desnudos, crudos, sin más perfume que el aroma de la sangre de las entrañas de las que proceden. Entre tanta información y tanto dato amañados, entre tanto foco, entre tanto artificio, romo y servil, le cuesta a uno dios y ayuda distinguir expresiones que contengan la fresca y estimulante energía de una bofetada de vida, créanme. Sin embargo, afortunadamente, ahí están, detrás del ruido, en la sombra...
Te las puedes encontrar de pronto en el metro, en un acordeonista que pasa el platillo tras improvisar por enésima vez su repertorio poniendo genuina pasión en cada pulsar de tecla de su cochambroso instrumento. Puedes oír sus voces anónimas en algún punto perdido, casi invisible, del dial. Textos que chisporrotean desde libretas electrónicas humildes, fugaces, convulsas. Páginas incisivas, encoladas con penurias y sudores. Sonidos furiosos de la conciencia que grita...
Gritos arrojados con descaro a las fauces de la estulticia reinante. Voces y palabras llanas, plebeyas, ajenas a toda ortodoxia, insolentes, pero reales, palpitantes, libres...